Taller

Van algunos cuentos de integrantes del Taller de Narrativao del Banfield Teatro Ensamble

domingo, 19 de diciembre de 2010

Amanda Ofelia Fernández


LUCRECIA


Lucrecia teje y teje, urde su tela con esmero y piensa en el joven
caballero que la desposará.
La tela crece y crece como mágica. Logra despertar su atención,
el trabajo está terminado.
Las agujas y las lanzaderas parecen tener vida propia.
Cuando se hizo el silencio, la bella muchacha comprendió que ahí,
en esa tela urdida con magia, quedaba plasmada su propia historia.
El caballero se alejaba en su negro corcel y Lucrecia comenzó a
destejer su tela haciéndolo desaparecer, antes de que él retornara al
camino de su libertad.
Ella sintió alivio y comenzó una nueva urdimbre con esperanza en
su corazón.

Mabel Enz

PARA DESPUÉS

Entré y la vi en su sillón envolviendo algo en el pañuelo, eran monedas…
toda su vida había sido guardar, doblar, envolver y volver a
guardar.
Guardar emociones, tristezas, doblar y prolijar ropa propia y ajena,
sobre todo ajena. Esconder ahorros, envolver lágrimas, guardar palabras,
esconder y esconder para después, caricias, abrazos. Mujer fuerte
como pocas, luchadora hasta el cansancio. Se le estaba yendo la vida
y todavía seguía guardando para después.
«¡Hola abuela!», recuerdo que le dije aquella vez. Ella levantó la
vista pero no me vio, sus ojos hacía tiempo que estaban vacíos de
realidad. Vaya a saber en qué lugar de su historia se habían detenido,
seguramente en algún momento feliz, ya que brillaban con ternura.
Sonreía y se llevaba el dedo índice a la comisura de los labios. Gesto
habitual en ella con el que, tal vez, quisiera seguir guardando palabras…
o impedir que salgan y así no perderlas…
Cuando veía la gaseosa sobre la mesa comenzaba a aplaudir. El
premio por haber llegado hasta los noventa y seis años parecía ser un
simple vaso de gaseosa, con eso le bastaba.
Los chicos se sentaban alrededor de ella y la extorsionaban pidiéndole
que, a cambio de esa bebida tan preciada, cantara.
Y ella, desdoblando en su mente la letra de alguna canción que
había guardado antes, mucho tiempo antes, comenzaba a entonar. Ni
bien empezaban a salir volando las palabras llenas de melodías, sus
bisnietos la acompañaban con palmas y reían. La abuela también reía.
Tenía una risa clara, limpia, como recién estrenada. Risa que también
había sido guardada para después. Ese imborrable momento era
el después, tuvieron que pasar noventa y seis años. El disfrute, que
también era de estreno, se desparramaba por el aire y nos envolvía a
todos: tibio, luminoso, con perfume a jazmines y a mate cocido con
leche, llenando las tardes de otoño en las que el sol entraba impunemente
por la ventana de la cocina.
Hoy saco de mis recuerdos esa escena, la desdoblo prolijamente,
la veo intacta. Escucho su canto, las palmas de los chicos, siento el
perfume de jazmines y no puedo dejar de sonreír y de pensar en la
distancia que aprendí de la abuela a guardar para después.


Silvia Susana Elías



El llanto venía de lejos. Todas las noches. Pero solo yo podía escucharlo. Ni Amelia, mi suegra, quien decía estar algo sorda, cantinela poco creíble que sostuvo por comodidad y conveniencia durante treinta años. Ni Joaquín, mi esposo a quien no me atrevo a calificar, que vivía en su mundo autista con la televisión como principal aliado y pasatiempo. Aunque estuviera viendo un solo canal tenía la extraña habilidad de percibir otras programaciones. Ni Anita, mi hija, con sus orejas enmarcadas en aparatitos musicales que solo se quitaba para ducharse, y eso hasta conseguir alguno apto para el agua.
El llanto lejano era mi compañía nocturna que cotidianamente propagaba pesadumbre por el dormitorio, como una planta tortuosa que se iba enraizando con prisa y sin pausas. A pesar de todos los recaudos que tomé, como el cierre hermético de ventanas, cortinas contra el ruido y tapones para los oídos, el llanto era cada noche más agudo y penetrante. Nada mas oía, solo ese llanto inquietante y desgarrador. No lo inventé, aunque por aquel entonces así llegué a creerlo. Rogué a Dios, quien lerdo y perezoso no solía responderme, que me quitara esa cruz, pero se negó a facilitarme las cosas. Y así continuaba al punto de que un formidable cansancio dominó mi cuerpo y perjudicó mi salud. Medicación para tranquilizarme, para permanecer despierta, para dormir, para abrir el apetito, para continuar viviendo. Medicación de todo tipo lograba, precariamente, mantenerme en pie y aparentar una vida casi normal. En mi trabajo me volví solitaria. Siempre fui vista por mis compañeros como una persona extremadamente imaginativa, hasta mitómana llegaron a decirme hace un tiempo cuando les narré con detalle una aventura veraniega que ya ni recuerdo.
Para evitarme ofensas y malos momentos decidí no comentar lo que me estaba ocurriendo. Temí verme obligada a contar la verdad a medias y edulcorada para evitar suspicacias sobre mi estado mental. Preferí el silencio y me convertí en una persona huraña. Nadie tenía la culpa de que yo sintiera ese llanto como una acusación.
Debía averiguar qué estaba sucediendo. Mi casa se asentaba en el centro de un terreno amplio sin medianeras, lo cual complicaba todavía más la posibilidad de detectar fácilmente el origen del llanto. No había ninguna vivienda lindante que justificara tan nítida escucha. Fluidas charlas con vecinos y observaciones atentas me permitieron ir desechando hipótesis, hasta que, acorralada por los contundentes indicios, tuve que admitir ante mí misma que el molesto llanto provenía de mi lote.
Fue inexorable mi alejamiento del hogar. Así lo decidieron ellos, miembros de mi familia, quienes con envidiable convicción pensaron que mi internación era la única alternativa de cura. Rápidamente reaccioné gracias al instinto, que funcionó exitosamente como tabla de salvación. Un día antes de que vinieran a buscarme organicé mi huida; preparé un pequeño bolso, un dinero que tenía ahorrado y me alejé sin que nadie lo detectara. Anduve mucho camino, ocultándome para evitar que me encontraran mi familia o el llanto.
Y llegué al sitio al cual la vida como una escalera me permitió descender. Permanecí inmóvil en algún lugar de mi pasado, en espera, con la certeza de que algo iba a suceder. El llanto reapareció, no ya para ser oído, sino para ser visto. Tomó forma y me reconocí en su sombra, en su sonoridad de lluvia que arrasa, que vertiginosa inunda cuanto está a su paso y arriesga al límite del ahogo. Hasta el silencio del final, hasta la liviandad semejante a la ventura. Volví con la cabeza alta, con la fuerza intacta, con la paz de haber desandado la congoja acumulada y un llanto casi mortal que, aprendí, tarde o temprano siempre aflora.

Lucía Di Giorgio


MEDITACIÓN

Ingresó a la catedral en busca del único lugar donde podía respirar
paz, donde se detenía a escuchar el silencio oliendo el incienso sagrado
que lo remontaba a antiguos sacrificios.
Se había asegurado de llegar antes de la liturgia y las confesiones,
para sentirse dueño único del espacio en el que simplemente quería
encontrarse con sí mismo y hallar las respuestas al porqué de tantos
renunciamientos.
El miedo le había anulado la voluntad de lucha, siendo tan puntual y
concreto como el paralelismo entre el instinto de preservación y la
cobardía. Tomar conciencia de esto no lo avergonzaba tanto como
reconocer que, con el andar de su tiempo, se había desvanecido el
interés por el arte y el compromiso con el amor. La defensa de la
estética y el sentimiento por sobre otros intereses mezquinos fue la
expresión más pura que sostuvo en su adolescencia.
Tal vez, las vivencias de la infancia quedaron arraigadas y afloraban
en momentos como este, por eso buscó refugio en el templo. Por
eso, buscó respuestas allí donde todo lo que se afirmaba entraba, según
sus últimas convicciones, en la categoría de mitos. Era inútil continuar
en ese recinto. Entre otras tantas cosas también había perdido
la fe. Tampoco era inquietante, se diría que le resultaba indiferente.
Como cuando era niño, contempló con admiración las pinturas bellas
e inalcanzables de la cúpula. Llegó a la conclusión de que la justificación
de las religiones fue haber hecho que los hombres se sintieran
menos desprotegidos y los artistas más incentivados.
La lluvia había disminuido. Pensó que sería mejor volver a caminar;
que el viento golpeara los músculos endurecidos de su cara para
provocar una reacción.
Tal vez todavía pudiese reescribir la última parte de su historia.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

María Graciela Loisi


Ella pudo percibir el aroma, mezcla de tabaco y maderas de oriente, que emanaba de su piel. Lo escuchó avanzar tenue entrando a la habitación, percibiendo el dócil desvestirse en la melodía de la ropa que dejaba caer tras sus pasos. Imaginó cada botón de la camisa desprendiéndose, el vello de su pecho, su ancha espalda; el movimiento al quitarse la prenda. Recordó sus brazos fuertes, la piernas firmes, el cuerpo todo en una invitación plena. Sintió su respiración agitada y comenzó a gozar.
Las presas estaban listas, provocadoras, inquietantes, en el punto exacto para ser devoradas.
La gata en celo contorneó su figura y en el ritual amoroso giró sobre sí misma en el lecho. Jugando, sonriendo, acercándose y haciendo, luego, difícil el encuentro.
La tentación lo cautivó y sus venas se inflamaron. Su cuerpo rígido logró hallarla y la besó. La besó.
El gato con pasión desmesurada, sin apuro, lamió con paciencia sus contornos, mordisqueó su intimidad. La besó.
Ella se entregó soberbia.
El sudor de sus pieles y los cabellos húmedos se enredaron en las garras que apretaban y se hundían.
Deseando más, pidiendo más, se fundieron perteneciéndose el uno al otro. La posesión absoluta, los cuerpos calientes, los corazones palpitantes. El placer.
El extenuado final los encontró juntos, mezclados.
Fueron, por mucho más que un instante, dueños de los gemidos y el escándalo, dos animales sueltos amándose.
Él salió primero. Al rato lo hizo ella. Retornaron a sus rutinas los gatos mansos y suaves. Volvieron a las caricias habituales de sus dueños, después del escape a las terrazas en ese oscuro cuarto de hotel.

martes, 7 de diciembre de 2010

Ana María Figueira


En herrumbrosas páginas atardecidas, han firmado un pacto con letras de cálida luz. Hay un acuerdo entre ella y el sol.
Él sabe que debe partir cada día, para que ella reine en el bosque sombrío. Lugar donde leves hilos de luz se estremecen con el vaivén del follaje, hasta exhalar el último de los suspiros.
Más allá del atardecer, ella gobierna el tiempo, el espacio del orden natural. Es allí donde teje lentamente un destino final.
Los pájaros murmuran cobijados en sus nidos. Deben dormir, acallar sus voces, cerrar sus ojos de mirar inquieto. Solo las aves nocturnas pueden presenciar el instante, ser las centinelas, rondar el espacio elegido, acompañar la ceremonia de cada noche silente.
Ella elige el centro del bosque. Espacio sagrado, desconocido, imaginado tantas veces. Lugar mil veces repetido, por primera vez. Templo umbrío que nadie debe mancillar, quebrantar, corromper…
Pide al arroyo que dance en las piedras trayendo peces de brillo lunar. Que cante en cascadas de aguas puras, mojando los tensos juncos vibrantes.
Se desliza con sus largas vestiduras rozando las hierbas sedosas, acariciando la piel de árboles añosos. Enciende flores de una noche, derrama perfumes de tibias corolas. Sabe que pronto vendrá…
Dibuja un círculo de sombras con sus ojos de profundo mirar. Que nada perturbe, que todo sea bello… El aire le trae su cálida voz.
Cubre los suelos con negras orquídeas, esparce tibiezas de colibrí, renueva dorados de alas inquietas. Siempre es así…
Lava su cuerpo con lágrimas puras, llena los cuencos con miel y tersuras, unta sus senos con cremas fragantes… presiente el llegar.
Cortezas le tiñen los descalzos pies, marcando una senda de señales pequeñas, que solo ellos pueden reconocer.
Sin voces, sin luces, sin mirar se ven… Él llega en un sueño de mundos distintos. Con sales marinas, con hielos eternos, con vientos bravíos, con reinos crujientes para doblegar.
Ella lo recorre con alientos leves, sin prisas, sin tiempos. Le tiende una cama de musgos calientes. Apaga sus furias, sus fuegos sombríos. Lo aloja en su vientre, lo envuelve en sus lazos… hasta amanecer.