Taller

Van algunos cuentos de integrantes del Taller de Narrativao del Banfield Teatro Ensamble

domingo, 19 de diciembre de 2010

Mabel Enz

PARA DESPUÉS

Entré y la vi en su sillón envolviendo algo en el pañuelo, eran monedas…
toda su vida había sido guardar, doblar, envolver y volver a
guardar.
Guardar emociones, tristezas, doblar y prolijar ropa propia y ajena,
sobre todo ajena. Esconder ahorros, envolver lágrimas, guardar palabras,
esconder y esconder para después, caricias, abrazos. Mujer fuerte
como pocas, luchadora hasta el cansancio. Se le estaba yendo la vida
y todavía seguía guardando para después.
«¡Hola abuela!», recuerdo que le dije aquella vez. Ella levantó la
vista pero no me vio, sus ojos hacía tiempo que estaban vacíos de
realidad. Vaya a saber en qué lugar de su historia se habían detenido,
seguramente en algún momento feliz, ya que brillaban con ternura.
Sonreía y se llevaba el dedo índice a la comisura de los labios. Gesto
habitual en ella con el que, tal vez, quisiera seguir guardando palabras…
o impedir que salgan y así no perderlas…
Cuando veía la gaseosa sobre la mesa comenzaba a aplaudir. El
premio por haber llegado hasta los noventa y seis años parecía ser un
simple vaso de gaseosa, con eso le bastaba.
Los chicos se sentaban alrededor de ella y la extorsionaban pidiéndole
que, a cambio de esa bebida tan preciada, cantara.
Y ella, desdoblando en su mente la letra de alguna canción que
había guardado antes, mucho tiempo antes, comenzaba a entonar. Ni
bien empezaban a salir volando las palabras llenas de melodías, sus
bisnietos la acompañaban con palmas y reían. La abuela también reía.
Tenía una risa clara, limpia, como recién estrenada. Risa que también
había sido guardada para después. Ese imborrable momento era
el después, tuvieron que pasar noventa y seis años. El disfrute, que
también era de estreno, se desparramaba por el aire y nos envolvía a
todos: tibio, luminoso, con perfume a jazmines y a mate cocido con
leche, llenando las tardes de otoño en las que el sol entraba impunemente
por la ventana de la cocina.
Hoy saco de mis recuerdos esa escena, la desdoblo prolijamente,
la veo intacta. Escucho su canto, las palmas de los chicos, siento el
perfume de jazmines y no puedo dejar de sonreír y de pensar en la
distancia que aprendí de la abuela a guardar para después.


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