Taller

Van algunos cuentos de integrantes del Taller de Narrativao del Banfield Teatro Ensamble

domingo, 19 de diciembre de 2010

Silvia Susana Elías



El llanto venía de lejos. Todas las noches. Pero solo yo podía escucharlo. Ni Amelia, mi suegra, quien decía estar algo sorda, cantinela poco creíble que sostuvo por comodidad y conveniencia durante treinta años. Ni Joaquín, mi esposo a quien no me atrevo a calificar, que vivía en su mundo autista con la televisión como principal aliado y pasatiempo. Aunque estuviera viendo un solo canal tenía la extraña habilidad de percibir otras programaciones. Ni Anita, mi hija, con sus orejas enmarcadas en aparatitos musicales que solo se quitaba para ducharse, y eso hasta conseguir alguno apto para el agua.
El llanto lejano era mi compañía nocturna que cotidianamente propagaba pesadumbre por el dormitorio, como una planta tortuosa que se iba enraizando con prisa y sin pausas. A pesar de todos los recaudos que tomé, como el cierre hermético de ventanas, cortinas contra el ruido y tapones para los oídos, el llanto era cada noche más agudo y penetrante. Nada mas oía, solo ese llanto inquietante y desgarrador. No lo inventé, aunque por aquel entonces así llegué a creerlo. Rogué a Dios, quien lerdo y perezoso no solía responderme, que me quitara esa cruz, pero se negó a facilitarme las cosas. Y así continuaba al punto de que un formidable cansancio dominó mi cuerpo y perjudicó mi salud. Medicación para tranquilizarme, para permanecer despierta, para dormir, para abrir el apetito, para continuar viviendo. Medicación de todo tipo lograba, precariamente, mantenerme en pie y aparentar una vida casi normal. En mi trabajo me volví solitaria. Siempre fui vista por mis compañeros como una persona extremadamente imaginativa, hasta mitómana llegaron a decirme hace un tiempo cuando les narré con detalle una aventura veraniega que ya ni recuerdo.
Para evitarme ofensas y malos momentos decidí no comentar lo que me estaba ocurriendo. Temí verme obligada a contar la verdad a medias y edulcorada para evitar suspicacias sobre mi estado mental. Preferí el silencio y me convertí en una persona huraña. Nadie tenía la culpa de que yo sintiera ese llanto como una acusación.
Debía averiguar qué estaba sucediendo. Mi casa se asentaba en el centro de un terreno amplio sin medianeras, lo cual complicaba todavía más la posibilidad de detectar fácilmente el origen del llanto. No había ninguna vivienda lindante que justificara tan nítida escucha. Fluidas charlas con vecinos y observaciones atentas me permitieron ir desechando hipótesis, hasta que, acorralada por los contundentes indicios, tuve que admitir ante mí misma que el molesto llanto provenía de mi lote.
Fue inexorable mi alejamiento del hogar. Así lo decidieron ellos, miembros de mi familia, quienes con envidiable convicción pensaron que mi internación era la única alternativa de cura. Rápidamente reaccioné gracias al instinto, que funcionó exitosamente como tabla de salvación. Un día antes de que vinieran a buscarme organicé mi huida; preparé un pequeño bolso, un dinero que tenía ahorrado y me alejé sin que nadie lo detectara. Anduve mucho camino, ocultándome para evitar que me encontraran mi familia o el llanto.
Y llegué al sitio al cual la vida como una escalera me permitió descender. Permanecí inmóvil en algún lugar de mi pasado, en espera, con la certeza de que algo iba a suceder. El llanto reapareció, no ya para ser oído, sino para ser visto. Tomó forma y me reconocí en su sombra, en su sonoridad de lluvia que arrasa, que vertiginosa inunda cuanto está a su paso y arriesga al límite del ahogo. Hasta el silencio del final, hasta la liviandad semejante a la ventura. Volví con la cabeza alta, con la fuerza intacta, con la paz de haber desandado la congoja acumulada y un llanto casi mortal que, aprendí, tarde o temprano siempre aflora.

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